Pasé mi infancia entre dos fachadas orientadas al sur. Por una de las ventanas podía ver la salida del sol en la línea donde se unían el cielo y el mar, más allá del Atalayón y la Mar Chica. La gran bola roja se empequeñecía a medida que se elevaba, y los reflejos anaranjados se tornaban en destellos plateados sobre la mar calma. Aunque la memoria es traicionera, aún no recuerdo haber vuelto a vivir amaneceres como aquellos. El sol bordeaba, por lo alto, el monte Gurugú y se perdía por sus estribaciones, al final de la tarde, entre lomas rojizas.
El mar parece acompañar al sol en sus mejores galas. Uno de los atardeceres más bellos que recuerdo, quizá el que más, lo disfruté entrando a Cádiz por San Fernando. En este caso, la esfera gigante se hundía en el Atlántico, en mi reencuentro con el océano después de veinte años.
Aunque ayuda, el mar no es necesario, basta una amplitud y un punto de vista más o menos elevado para recrearse con un amanecer o un atardecer inolvidable. Un amanecer en la ciudad en la que vivo puede ser único, pero tras remontar una mole de 3 000 m, cuando el sol consigue asomarse resulta que ya es de día. Sin embargo, ofrece numerosos puntos para poder contemplar un atardecer tranquilo. En el anecdotario figura que Bill Clinton pudo observar el atardecer más bello de su vida durante una estancia en Granada en sus tiempos de estudiante. Puedo creerle. Este blog está encabezado con un banner de un atardecer en las Alpujarras, y hace dos años felicité las fiestas con un atardecer desde Sierra Nevada con un mar de nubes sobre la vega granadina.
El ocaso es un instante. El disco del sol se esconde poco a poco, y la línea superior se acorta hasta formar un punto que desaparece en un chasquido. La calidad de la luz cambia en ese instante, pude comprobarlo una tarde en Almería. La luz del sol proyectaba la sombra nítida de los barrotes de la ventana sobre la pared. Esta se desplazaba lentamente hacia arriba a medida que el sol buscaba el horizonte. La sombra, aunque perdía fuerza de manera progresiva, dejó de ser nítida en el preciso instante en el que el sol se puso, y pasó a inundar el ambiente la luz indirecta del crepúsculo.
Dejo aquí un atardecer desde la Silla del Moro, con la Alhambra a sus pies, Granada y su vega de fondo.


He intentado hacer un comentario sobre amaneceres y ocasos sin utilizar adjetivos, me ha sido imposible.Por alguna razón que no conozco he visto atardeceres que me han impresionado pero no recuerdo una salida de sol especial. Cómo tantas otras veces, me dejas pensativa.Sara
Interesantisima la conversacion con el gato…..¿el monte Gurugú? chico tu si que has sabido caminar, con brujula o sin ella, la prueba son los recuerdos de tus ameneceres impresos en tu memoria junto con los sentimientos que te produjeron, eso es magia, sin duda.Un fuerte abrazo, viajero
Sara: ¿Ni siquiera alguno que tuviera el Camerún a sus pies?
He vuelto porque sigo pensando en puestas de sol, horizontes y sobre todo en que quizás la palabra "ennortá" tenía otro sentido cuando me la decían. Mi pàdre hizo lo que pudo para enseñarme a orientarme un poco pero ¿ por qué no me regalaron una brújula? Murió en octubre de 2003 y aún me descubro muchas veces pensando: se lo preguntaré a él, ya sabes que un padre lo sabe todo y ya no habrá otro padre. Quizás entre tú y él habría aprendido de cielos, amaneceres, puestas de sol, averiguar la hora en el campo por las sombras…Miro tu foto y no paro de imaginar donde estará el Norte, por qué las puestas de sol producen ese estallido de colores tanto si el Sol se esconde tras una montaña o tras el mar o incluso en Río de Oro.Creo que ya sé porque no recuerdo amaneceres en el Camerún cuando era lo primero que veía al levantarme en mi habitación: soy muy dormilona, tenía el Insti. por las tardes para evitar el calor y seguro que hasta que no me hacía efecto el cola-cao, ni veía. En cambio recuerdo como si lo estiviera viendo la llegada de los tornados: una línea color antracita y fina en el horizonte que se desplazaba desde el Camerún y se iba ensanchando en su avance( era el tiempo justo de atrancar puertas y ventanas) , cuando la línea se había ensanchado y llegaba a Black Beach el viento y la lluvia arrasaban.Ah! Sobre atardeceres recuerdo que se pasaba en muy poco tiempo del día a la noche, pero ya sabes, los recuerdos de los recuerdos aunque quizás tú, el hombre lógico, le encuentre una explicación.Por cierto ¿ donde guaras tu brújula?
Qué risa! Sigo pensando, si vuelvo otra vez por aquí me vas a llamar plasta y con razón pero esta noche me veo desvelada, me conozco.S.
Yo estoy como Sara: recuerdo muchos, muchísimos atardeceres, pero las salidas de sol siempre me pillaban durmiendo o de juerga y las pocas que vi no debieron ser muy especiales ya que no dejaron ninguna huella.Sólo una y esa sí que no se me olvidará jamás, creo que ya te lo conté en otra ocasión: fue en un barco, en alta mar. Era en pleno mes de agosto en el mediterráneo, en una de esas noches cálidas en las que, el cielo precioso por un lado y mi claustrofobia por otro, me impidieron ir a dormir al camarote, así que me quedé en cubierta toda la noche, en una tumbona. A eso de las cinco y pico o seis de la madrugada me despertó un círculo absolutamente rojo en la línea de horizonte, curiosamente cercano, enorme…De eso hace ya…uff, como 20 años y ya ves, ni antes ni después los ha habido mejores.Por cierto, apañero, MAG-NÍ-FI-CA fotografía.Achuchón.
que envidia Graná!!!!dale limosna mujer…un abrazo
Hola ¡amiguco perdido entre amaneceres y atardeceres…Ellos toman vida y color con tus palabras.Decía Serrat:"..A tus atardeceres rojos,se acostumbaron mis ojos…."Qué fenómenos tiene la madre naturaleza que no deja de asombrarnos¡¡(afortunadamente)Besucos Gó
Otro anochecer.¿Reconoces punta Fernanada? O será la danza del fuego?http://bioko.net/galeriaFA/displayimage.php?pid=19829&fullsize=1Todas son únicas.S.