Desengañémonos, vivimos en un estado franquista de baja intensidad. Lo anunció el viejo dictador y se salió con la suya al “dejarlo todo atado y bien atado para el futuro”. Vivimos bajo la monarquía que se decretó en 1967, y que “recibió la legitimidad política surgida el 18 de julio de 1936″, según palabras del propio Franco.
A partir de aquí, todo han sido cesiones más o menos graciosas de las que el régimen se ha despojado frente a la presión popular, eso sí, con una hábil y tramposa resistencia. Diría que los dos hitos principales han sido la Ley de Reforma Política surgida de unas cortes franquistas, y la Constitución Española de 1978, publicada en un BOE con un pollo por membrete y elaborada bajo un ruido de sables que no dejaría de sonar hasta 1981. Si la Ley de Reforma Política abrió algo la mano, la Constitución la cerró para siempre dificultándose a sí misma su propia reforma.
En medio de una realidad territorial, política y social diferente, nuestra constitución continúa sorda, gris o parda; y quienes más se oponían a ella, más la defienden hoy día. Que su primer artículo diga que la soberanía reside en el pueblo español de quien emanan los poderes del estado, aunque más adelante establezca que la justicia se administra en nombre del rey, sólo sirve para constatar que la constitución no sólo está desfasada, sino que no es garantía de nada.
Un país que permite que su Tribunal Supremo esté cuajado de jueces que sirvieron en los Tribunales de Orden Público franquistas, y donde las decisiones sobre la constitucionalidad o no de las leyes dependen más de la ley natural que de la voluntad popular, se podrá llamar o no franquista, pero no podrá decir que sus poderes emanan del pueblo. Un país en el que el voto de cada ciudadano tiene mayor o menor valor que el de los demás en razón de su residencia y de su opción política, podrá llamarse o no franquista, pero no podrá alardear de demócrata.
Hace algunos años leí una viñeta de Máximo publicada en EL PAÍS. Decía algo así como: “¿Quién debería pedir perdón por los crímenes cometidos en el pasado? Y en tal caso, ¿autorizarían los autores de tales crímenes pedir perdón en su nombre?” En mi opinión, la nuez de toda la controversia sobre la memoria histórica de nuestro país radica en esa reflexión. Es el Estado Español quien debe pedir perdón y resarcir a sus víctimas. Y añadiría para zanjar la cuestión, y nadie más.
Este estado que nació de una rebelión militar es quien ya se encargó en su día, no sólo de perdonar los crímenes cometidos en su nombre, sino de ensalzarlos. Por tanto, la Ley de Amnistía no estaba destinada a quienes cometieron crímenes en favor de un estado franquista, sino a los criminalizados por éste; aunque bien es verdad que no lo dice expresamente, por obvio. Aun así, admitamos que libres de crímenes por razón política, todos. No hay razón, pues, para que nadie pueda darse por aludido por la aprobación de la llamada Ley de Memoria Histórica (su nombre es más largo y responde más a su operatividad que a su sentido). Es el Estado Español, aquel que se rebeló contra una República, el que se condena a sí mismo en nombre de la Democracia, por el período transcurrido desde 1939 hasta 1975.
No se trata de levantar heridas, sino de restañarlas. El único culpable que queda en pie es el propio Estado que pide disculpas, condena las acciones que dieron lugar a su existencia, elimina los símbolos que contradicen esta condena (o cambia el sentido de estos), y trata de compensar a las víctimas.
Me gustaría pensar que las víctimas desaparecidas durante la guerra civil y la represión posterior ya no son patrimonio de sus familiares, sino de todos nosotros, ciudadanos que queremos compartir un país en paz con su historia. Y el Estado tiene la obligación de fomentar la localización e identificación de las víctimas, y la investigación sobre las circunstancias de tales desapariciones. Se puede ponderar el criterio de los familiares sobre el futuro de los restos, pero el Estado debería ejercer la misma potestad que tiene sobre los restos de cualquier otro ser.
A nadie debe ofender esta ley a menos que no condene la guerra civil y el franquismo. Nadie debería plantearse mantener un estado excluyente, mantener símbolos excluyentes, conferir valor excluyente a símbolos admitidos para la colectividad, o imponer elementos propios del ámbito privado en el público. Nadie, excepto quienes no se reconozcan identificados con la voluntad de este estado de reconciliarse con su pasado.
Al sur de Bolivia, en la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa, existe un paraje a unos ocho kilómetros de la Laguna Verde, que alguien identificó como un paisaje repetido en algunos cuadros de Salvador Dalí. Así nos lo hizo saber nuestro guía, y así intenté reproducir en una foto aquel parecido.Sin ningún ánimo de pedantería, creo que esta foto es una de las que mejor retratan lo que ya se conoce como el Desierto de Dalí.
Viendo lo que se nos viene encima, con más motivo, pasad unas felices fiestas.
Nos molestan las imperfecciones, pero no soportamos la perfección.
Pasé mi infancia entre dos fachadas orientadas al sur. Por una de las ventanas podía ver la salida del sol en la línea donde se unían el cielo y el mar, más allá del Atalayón y la Mar Chica. La gran bola roja se empequeñecía a medida que se elevaba, y los reflejos anaranjados se tornaban en destellos plateados sobre la mar calma. Aunque la memoria es traicionera, aún no recuerdo haber vuelto a vivir amaneceres como aquellos. El sol bordeaba, por lo alto, el monte Gurugú y se perdía por sus estribaciones, al final de la tarde, entre lomas rojizas.
El mar parece acompañar al sol en sus mejores galas. Uno de los atardeceres más bellos que recuerdo, quizá el que más, lo disfruté entrando a Cádiz por San Fernando. En este caso, la esfera gigante se hundía en el Atlántico, en mi reencuentro con el océano después de veinte años.
Aunque ayuda, el mar no es necesario, basta una amplitud y un punto de vista más o menos elevado para recrearse con un amanecer o un atardecer inolvidable. Un amanecer en la ciudad en la que vivo puede ser único, pero tras remontar una mole de 3 000 m, cuando el sol consigue asomarse resulta que ya es de día. Sin embargo, ofrece numerosos puntos para poder contemplar un atardecer tranquilo. En el anecdotario figura que Bill Clinton pudo observar el atardecer más bello de su vida durante una estancia en Granada en sus tiempos de estudiante. Puedo creerle. Este blog está encabezado con un banner de un atardecer en las Alpujarras, y hace dos años felicité las fiestas con un atardecer desde Sierra Nevada con un mar de nubes sobre la vega granadina.
El ocaso es un instante. El disco del sol se esconde poco a poco, y la línea superior se acorta hasta formar un punto que desaparece en un chasquido. La calidad de la luz cambia en ese instante, pude comprobarlo una tarde en Almería. La luz del sol proyectaba la sombra nítida de los barrotes de la ventana sobre la pared. Esta se desplazaba lentamente hacia arriba a medida que el sol buscaba el horizonte. La sombra, aunque perdía fuerza de manera progresiva, dejó de ser nítida en el preciso instante en el que el sol se puso, y pasó a inundar el ambiente la luz indirecta del crepúsculo.
Dejo aquí un atardecer desde la Silla del Moro, con la Alhambra a sus pies, Granada y su vega de fondo.


—Si algo bueno ha tenido esta tormenta es que, gracias a que se ha ido la luz, hemos podido hablar como hacía tiempo no lo hacíamos.
—Sí es verdad, la electricidad nos lleva a comunicaciones que nos alejan de los más cercanos.
—Ni siquiera con tu padre había hablado tanto como lo he hecho hoy contigo.
—Ja, ja, ja, bueno, yo tampoco.
—Sí, ja.
—No era la persona ideal para mantener conversaciones muy prolongadas. Aunque se jactaba de tener la mente muy abierta, era muy reacio a admitir opiniones contrarias a las suyas.
—Era vehemente defendiendo aquello en lo que creía, pero escuchaba todas las opiniones y al tiempo reflexionaba sobre ellas.
—Era intransigente.
—No creas. Era firme con sus ideas, pero las perfilaba con todo aquello que consideraba razonable según su opinión.
—Quizá tengas razón. De lo contrario, no sentiría el deseo de contarle alguna cosa, aunque fuera para acabar en una discusión.
—Yo no dejo de hablarle. Aunque sólo sea para hablarme a mí misma.
—Hace tiempo que quería comentarte una cosa. Y creo que éste es buen momento.
—Claro, dime.
—La verdad es que me resulta complicado. No sé por dónde empezar.
—Tranquilo, no parece que la avería sea fácil de arreglar, así que tenemos toda la noche.
—¡Uf! Es algo que siempre consideré muy íntimo. Tanto, que tardé en contárselo a Jorge. Pasado el tiempo, sólo lo saben algunas personas más. De momento, no más de cinco.
—Hijo, ¿estás bien?
—Sí, sí, no te preocupes.
—¿Habéis roto Marta y tú?
—No, no. Quiero decir, aún no. Bueno, no sé qué opinará ella. Aún no le he dicho nada sobre el asunto.
—Bueno, si te quiere, aceptará lo que sea, ¿no?
—Pues no lo sé, todo ha sido fácil mientras lo he mantenido guardado para mí mismo; pero no sé si seremos capaces de mantener una convivencia, y me refiero a una convivencia en pareja, cuando lo comparta con ella.
—Siempre a la luz de una llama. Siempre me has dado las noticias más difíciles en la cocina, junto a los fogones.
—Sí, y hoy a la luz de una vela.
—Bien, ¿y de qué se trata?
—Mamá, voy a afiliarme a Nuevas Generaciones del PP.
—Hijo, yo te quiero… Lo importante es que seas buena persona.